Valentina amplió la imagen una y otra vez.
Las manos le temblaban.
El nombre escrito al reverso de la fotografía parecía imposible.
Alma de la Vega.
No Ferrer.
No el apellido de la mujer que figuraba en el acta de nacimiento.
De la Vega.
Exactamente el mismo apellido que aparecía en el expediente de la recién nacida desaparecida nueve años atrás.
Durante varios minutos permaneció inmóvil frente a la pantalla.
Intentando encontrar una explicación lógica.
Una coincidencia.
Un error.
Cualquier cosa.
Pero sabía que no lo era.
Porque también recordaba perfectamente a la mujer de la fotografía.
Elena de la Vega.
Una joven heredera cuya muerte había sido noticia nacional años atrás.
Oficialmente jamás tuvo hijos.
Oficialmente nunca estuvo embarazada.
Oficialmente su historia terminó en un accidente automovilístico cuando tenía apenas veinticuatro años.
Pero aquel colgante…
Aquella fotografía…
Y ahora ese nombre…
Demostraban que alguien había mentido.
Y que la mentira llevaba años enterrada.
A la mañana siguiente, Valentina llegó al hospital antes del amanecer.
Fue directamente al archivo central.
Pidió todos los documentos relacionados con Elena de la Vega.
Tardó horas.
Pero finalmente encontró algo.
Un informe médico incompleto.
Sin firma.
Sin sello oficial.
Oculto entre cientos de hojas.
Leyó la primera línea.
Y sintió un escalofrío.
“Paciente femenina, embarazo de alto riesgo. Semana treinta y ocho.”
Valentina dejó escapar el aire lentamente.
Elena sí había estado embarazada.
Aquello era una prueba.
No definitiva.
Pero suficiente para confirmar que alguien había borrado deliberadamente parte de su historia.
Continuó leyendo.
Las siguientes páginas habían sido arrancadas.
Solo quedaba la última.
Y en ella aparecía una única anotación.
“Traslado autorizado por orden familiar.”
Nada más.
Ni destino.
Ni médico responsable.
Ni nombre del recién nacido.
Nada.
Como si alguien hubiera querido eliminar cualquier rastro.
Esa misma tarde llamó a Santiago.
—Necesitamos hablar.
—¿Pasa algo con Alma?
—No por teléfono.
La voz de Valentina era demasiado seria.
Treinta minutos después estaban sentados frente a frente en la biblioteca de la mansión.
Alma dormía en una habitación cercana.
Santiago observó a Valentina.
—Me estás asustando.
Ella respiró profundamente.
—¿Estás completamente seguro de que Alma es tu hija?
El silencio fue inmediato.
Y doloroso.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Respóndeme.
Santiago bajó la mirada.
Por primera vez.
—No.
Valentina frunció el ceño.
—¿No?
—La adopté.
Ella sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué?
Santiago cerró los ojos unos segundos.
Como si estuviera reviviendo algo difícil.
—Hace ocho meses recibí una llamada.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Era una mujer.
Nunca dijo su nombre.
Solo lloraba.
Y me pidió que fuera a una dirección.
Valentina permaneció inmóvil.
—¿Y fuiste?
—Sí.
La encontré sosteniendo a Alma.
Era recién nacida.
Tenía apenas unos días.
Me entregó una carpeta con documentos legales.
Todo parecía auténtico.
Después desapareció.
—¿La volviste a ver?
—Nunca.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
Aquello empeoraba todo.
Porque significaba que la persona que entregó a Alma conocía la verdad.
Y había desaparecido.
Aquella noche ninguno de los dos pudo dormir.
Pero alguien más tampoco.
En una casa aislada a las afueras de la ciudad, una mujer observaba fotografías antiguas.
Fotografías de Alma.
De Santiago.
Y de Valentina.
La mujer tenía el rostro envejecido por los años.
Pero sus ojos seguían siendo intensamente verdes.
Los mismos ojos que aparecían en la fotografía de Elena de la Vega.
Tomó un teléfono.
Marcó un número.
—La doctora ya empezó a investigar.
La voz masculina al otro lado guardó silencio.
—Entonces tenemos un problema.
—Sí.
—¿Qué hacemos?
La mujer observó una fotografía donde sostenía a un bebé recién nacido.
Un bebé idéntico a Alma.
—Ya es demasiado tarde para detener la verdad.
Dos días después ocurrió algo inesperado.
Valentina recibió un sobre sin remitente.
Dentro había una llave.
Una dirección.
Y una nota escrita a mano.
“Si quieres saber quién es realmente Alma, ve sola.”
Nada más.
Ni firma.
Ni explicación.
Valentina dudó durante horas.
Pero terminó yendo.
La dirección la llevó a una vieja casa abandonada cerca del lago.
La puerta principal estaba cerrada.
La llave funcionó.
Al entrar encontró polvo.
Muebles cubiertos con sábanas.
Y un silencio inquietante.
Entonces vio una caja metálica sobre una mesa.
Con su nombre escrito encima.
La abrió.
Y sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Registros médicos.
Y una prueba de ADN.
La primera hoja tenía una frase resaltada.
“Resultado de parentesco: 99.99% compatible.”
Valentina pasó rápidamente a la página siguiente.
Y se quedó sin respirar.
Porque los nombres escritos en aquella prueba eran:
Elena de la Vega.
Y…
Valentina Ruiz.
Las piernas dejaron de sostenerla.
Tuvo que sentarse.
No podía comprenderlo.
Leyó otra vez.
Y otra.
Hasta que finalmente entendió.
No era un error.
Era imposible.
Pero era real.
Elena de la Vega era su hermana biológica.
La hermana cuya existencia jamás conoció.
Las siguientes horas fueron una tormenta de emociones.
Documentos.
Cartas.
Fotografías.
Todo apuntaba a la misma verdad.
Décadas atrás, la poderosa familia De la Vega había ocultado el nacimiento de dos niñas.
Una fue criada dentro de la familia.
Elena.
La otra fue entregada en adopción.
Valentina.
Para evitar un conflicto relacionado con la herencia.
Ella había crecido sin saber nada.
Mientras su hermana vivía una vida completamente diferente.
Y luego murió.
O eso decía la versión oficial.
Porque entre los documentos apareció algo todavía más impactante.
Un certificado de defunción.
Anulado.
Con un sello rojo enorme.
“Documento inválido.”
Valentina sintió que la sangre se congelaba.
Elena quizá no había muerto.
Cuando regresó a la ciudad encontró a Santiago esperándola.
—¿Qué descubriste?
Ella lo miró.
Todavía incapaz de procesarlo.
—Creo que Alma pertenece a una familia que lleva años ocultando secretos.
—¿Qué significa eso?
—Que quizá no fue abandonada.
—¿Entonces?
—Tal vez la escondieron.
Santiago sintió un escalofrío.
Miró hacia la habitación donde Alma jugaba.
La pequeña reía mientras perseguía una pelota.
Inocente.
Ajena a todo.
—¿Y quién es realmente?
Valentina tardó varios segundos en responder.
—No lo sé todavía.
Pero alguien está dispuesto a mover cielo y tierra para mantenerlo oculto.
Esa misma noche apareció la pieza que faltaba.
Un mensaje llegó al teléfono de Valentina.
Número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Nada más.
Al abrirla sintió que el corazón explotaba.
Era una imagen reciente.
Tomada apenas unos días antes.
Mostraba a una mujer saliendo de una cafetería.
Cabello oscuro.
Ojos verdes.
Rostro idéntico al de Elena de la Vega.
Debajo aparecía una sola frase.
“Tu hermana sigue viva.”
Valentina dejó caer el teléfono.
Y en ese mismo instante escuchó un ruido proveniente del jardín de la mansión.
Santiago también lo oyó.
Ambos corrieron hacia la ventana.
La puerta trasera estaba abierta.
Demasiado abierta.
Y la habitación donde Alma había estado jugando…
Estaba vacía.
Sobre el suelo solo quedaba el pequeño colgante plateado.
Y una nota doblada.
Santiago la abrió con manos temblorosas.
Leyó una línea.
Luego otra.
Su rostro perdió todo color.
—¿Qué dice? —preguntó Valentina.
Él apenas pudo responder.
—Dice que si queremos volver a ver a Alma…
debemos encontrar a Elena antes de que ellos lo hagan.
Y al final de la nota aparecía un símbolo que Valentina reconoció de inmediato.
El mismo símbolo que figuraba en los documentos secretos de la familia De la Vega.
Una organización que oficialmente había desaparecido hacía más de veinte años.
Pero que, al parecer, seguía operando desde las sombras.
Y ahora tenía a Alma.
La única niña capaz de revelar una verdad por la que algunas personas estaban dispuestas a matar.

