PARTE 2
Rodrigo Aranda entró a la mansión sin pedir permiso.
Traía un traje azul impecable, zapatos brillantes y esa seguridad desagradable de quien había pasado toda la vida creyendo que las puertas se abrían por su apellido. A su lado caminaba el licenciado Salvatierra, abogado de la familia desde hacía más de 20 años.
Mercedes los recibió en la sala principal.
Diego permaneció de pie detrás de ella, todavía incómodo con su nueva posición. Hasta el día anterior había sido un empleado más. Ahora, ante la ley, era el esposo de la dueña de todo aquello.
Rodrigo arrojó la carpeta sobre la mesa.
—Antes de que sigan representando esta comedia —dijo—, conviene que mi tía conozca al hombre con el que se casó.
El abogado abrió la carpeta y extendió varias fotografías.
Diego aparecía entrando a una clínica privada del centro de Monterrey. En otras imágenes se le veía conversando con una mujer de bata blanca. Había también una foto borrosa donde parecía entregarle un sobre.
Mercedes no miró a Diego.
—Explícate —ordenó.
Diego reconoció el lugar de inmediato.
Era la clínica donde atendían a su padre.
—Fui a entregar los estudios médicos —respondió—. La doctora consiguió que aceptaran el tratamiento con un descuento.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Qué historia tan conmovedora. Lástima que esa clínica también trabaja con una empresa investigada por falsificar diagnósticos para obtener dinero de seguros.
Diego sintió que la sangre le subía al rostro.
—Yo no sabía nada de eso.
—Claro que no. Tampoco sabías que la doctora recibió 50 mil pesos dos días antes de que mi tía te propusiera matrimonio.
Mercedes levantó la mirada.
Por primera vez desde que Diego la conocía, pareció desconcertada.
—¿Quién hizo ese depósito?
Rodrigo sonrió.
—Una cuenta vinculada a Diego.
—Eso es mentira —dijo él.
El abogado colocó una copia bancaria frente a Mercedes.
El nombre de Diego aparecía impreso junto a una transferencia.
Diego se acercó, desesperado.
—Nunca he tenido esa cantidad. Puede revisar mis cuentas.
—Ya lo hicimos —respondió Rodrigo—. También encontramos mensajes entre tú y la doctora. Hablan de “hacer que la señora firme antes de que sea demasiado tarde”.
Mercedes permaneció inmóvil.
En la sala solo se escuchaba el tic tac de un reloj antiguo.
Diego miró las hojas. Los mensajes llevaban su nombre y su fotografía, pero él jamás los había escrito.
—Están falsificados.
—Todo es falso cuando atrapan a un pobre intentando volverse rico —dijo Rodrigo.
La frase cayó como una bofetada.
Diego dio un paso hacia él, pero Mercedes habló antes de que pudiera responder.
—Salgan todos.
Rodrigo frunció el ceño.
—Tía, estamos tratando de protegerte.
—Dije que salgan.
El abogado guardó algunos documentos, pero dejó las fotografías sobre la mesa. Rodrigo se inclinó cerca de Mercedes.
—Cuando descubras quién es realmente, llámame. Todavía podemos anular este matrimonio antes de que te quite lo que nos pertenece.
Mercedes lo miró con frialdad.
—Nada de lo que tengo te pertenece.
Rodrigo apretó la mandíbula y se marchó.
Cuando la puerta se cerró, Diego intentó acercarse.
—Mercedes, te juro que…
—No me jures nada.
La dureza de su voz lo detuvo.
—Mañana revisaremos cada documento —continuó ella—. Esta noche dormirás en tu habitación. No saldrás de la casa y no llamarás a nadie.
Diego sintió una mezcla de rabia y humillación.
—¿También tú crees que te engañé?
Mercedes tardó en responder.
—Creo que alguien está mintiendo. Todavía no sé quién.
Aquella noche, Diego no pudo dormir.
A las tres de la madrugada escuchó pasos en el pasillo. Se levantó y abrió la puerta. Alcanzó a ver una sombra doblando hacia la escalera de servicio.
La siguió.
Abajo encontró abierta la puerta del despacho de Mercedes. Una lámpara estaba encendida y uno de los cajones había sido forzado.
Diego entró con cautela.
Detrás del escritorio estaba Clara, la enfermera personal de Mercedes. Tenía una memoria USB en la mano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Diego.
Clara palideció.
—La señora me pidió unos documentos.
—Mercedes nunca te mandaría a forzar un cajón.
La enfermera intentó correr, pero Diego se interpuso. Clara lo empujó con fuerza y tiró una silla. El ruido despertó a los guardias.
Minutos después, Mercedes llegó acompañada por el jefe de seguridad.
Clara lloraba mientras sostenía la memoria contra el pecho.
—Me obligaron —repetía—. Me dijeron que lastimarían a mi hijo.
Mercedes ordenó que cerraran todas las salidas.
—¿Quién te obligó?
Clara miró a Diego, luego a Mercedes.
—Rodrigo.
La respuesta no sorprendió a nadie.
Lo que sí los dejó helados fue lo que dijo después.
—Él no quería las cuentas ni las propiedades. Buscaba los archivos del accidente.
Mercedes perdió el color.
Diego lo notó.
—¿Qué archivos?
—No es asunto tuyo —respondió ella.
Clara cayó de rodillas.
—Perdóneme, señora. Rodrigo sabe que usted guardó la grabación. Sabe que nunca creyó que el choque fuera un accidente.
Mercedes pidió que llevaran a Clara a una habitación vigilada. Después ordenó a los guardias retirarse.
Cuando quedó sola con Diego, cerró los ojos.
—Regresa a dormir.
—No.
Ella lo miró con enojo.
—No me des órdenes en mi casa.
—Entonces no me pidas que sea tu esposo cuando te conviene y un extraño cuando tienes miedo.
Mercedes se quedó en silencio.
Diego señaló el cajón forzado.
—Te casaste conmigo porque necesitabas protección. Déjame protegerte.
Por un instante, la mujer poderosa desapareció. En su lugar quedó alguien cansado de cargar un secreto demasiado pesado.
—El accidente ocurrió hace 12 años —comenzó—. Mi esposo, Arturo, conducía. Yo iba a su lado. Regresábamos de una cena familiar cuando los frenos dejaron de responder.
Diego conocía la versión pública: el automóvil había caído por una pendiente y se había incendiado. Arturo murió. Mercedes sobrevivió, pero perdió ambas manos.
—La policía dijo que fue una falla mecánica —continuó—. Sin embargo, Arturo había mandado revisar el coche esa misma mañana. Semanas después descubrí que el informe original fue sustituido.
—¿Quién lo sustituyó?
—El padre de Rodrigo. Mi hermano, Octavio.
Diego sintió un escalofrío.
Mercedes explicó que Arturo había encontrado desvíos millonarios dentro de las empresas familiares. Octavio utilizaba compañías falsas para robar dinero y culpar a empleados de bajo rango. Arturo pensaba denunciarlo.
La noche del accidente llevaba una grabadora en el auto.
—Discutimos durante el camino —dijo Mercedes—. Arturo quería acudir a las autoridades. Yo le pedí esperar porque temía destruir a mi familia. En la grabación mencionamos nombres, cuentas y documentos.
—¿La grabación sobrevivió?
Mercedes asintió.
—Un paramédico la encontró y me la entregó meses después. Nunca la hice pública.
Diego no pudo ocultar su decepción.
—¿Por qué?
—Porque Octavio amenazó con acusar a mi hermana de participar en el fraude. Ella estaba embarazada y tenía una enfermedad delicada. Me aseguró que iría a prisión si yo hablaba.
—¿Y tú le creíste?
—Tenía pruebas fabricadas. Las mismas clases de pruebas que hoy usaron contra ti.
Diego entendió entonces que las fotografías de la clínica no buscaban convencer a Mercedes. Buscaban recordarle lo fácil que era destruir a una persona inocente.
—¿Octavio sigue vivo?
—Murió hace cinco años. Pero antes de morir le contó todo a Rodrigo.
Mercedes abrió un compartimiento oculto detrás de un librero. Dentro había una pequeña caja metálica.
Diego esperaba encontrar la grabadora.
La caja estaba vacía.
Mercedes respiró con dificultad.
—Aquí estaba.
Diego revisó el compartimiento. No había señales de que alguien lo hubiera forzado.
—¿Quién sabía de esto?
—Solo Arturo y yo.
—Entonces alguien te vio abrirlo.
Mercedes volvió la mirada hacia las cámaras de seguridad.
El jefe de seguridad revisó las grabaciones de los últimos meses. Durante dos horas no encontraron nada extraño, hasta que Diego notó un detalle.
Cada jueves, entre las dos y las dos con siete minutos de la madrugada, la cámara del despacho repetía exactamente la misma imagen.
Alguien había creado un bucle.
La madrugada del jueves anterior, una figura entró al despacho durante esos siete minutos.
No era Clara.
Era el licenciado Salvatierra.
Mercedes apretó los labios.
El abogado que había acompañado a Rodrigo era el mismo que redactaba sus testamentos, administraba sus fideicomisos y conocía cada movimiento de sus empresas.
—Lleva 24 años trabajando para mí —murmuró.
—Tal vez lleva 24 años trabajando para ellos —respondió Diego.
A las seis de la mañana llamaron a Salvatierra con el pretexto de firmar unos documentos urgentes.
El abogado llegó media hora después.
Cuando vio la grabación, no intentó negarlo.
Se sentó frente a Mercedes y soltó un suspiro.
—Pensé que tardarías más en descubrirlo.
—¿Dónde está la grabadora?
—En un lugar seguro.
Diego dio un paso al frente.
—Habla.
Salvatierra lo observó con desprecio.
—Tú no entiendes nada. Esta familia construyó un imperio gracias a secretos. Si uno sale a la luz, todos caen.
Mercedes mantuvo la voz serena.
—¿Rodrigo te ordenó robarla?
El abogado sonrió con tristeza.
—Rodrigo cree que sí.
La respuesta cambió el aire de la habitación.
—¿Qué significa eso? —preguntó Diego.
Salvatierra sacó un sobre de su saco y lo colocó sobre la mesa.
—Significa que Rodrigo no conoce toda la verdad.
Dentro había una fotografía antigua.
Mercedes aparecía mucho más joven, sosteniendo a un bebé. A su lado estaba Arturo. Detrás de ellos se veía una pequeña casa de adobe y un letrero con el nombre de un pueblo de Oaxaca.
Diego reconoció el lugar.
Era su pueblo.
Tomó la fotografía con manos temblorosas.
En la parte de atrás había una fecha: 17 de agosto de 1996.
Diego había nacido dos días después.
—¿Qué hacían ustedes ahí? —preguntó.
Mercedes no respondió.
Su rostro parecía haberse convertido en piedra.
Salvatierra sacó otra hoja.
Era una copia de un acta de nacimiento.
El nombre del bebé estaba cubierto con tinta negra, pero los nombres de los padres biológicos podían leerse claramente:
Arturo Aranda Lozano.
Mercedes Aranda de Aranda.
Diego sintió que el piso se movía.
—Esto no puede ser mío.
—No lo es —dijo Mercedes demasiado rápido.
Salvatierra soltó una risa seca.
—Todavía sigues mintiendo, Mercedes. Incluso después de casarte con él.
Diego dejó caer el documento.
—¿Casarte conmigo?
Mercedes comenzó a respirar con dificultad.
El abogado se inclinó hacia Diego.
—Pregúntale por qué investigó a toda tu familia antes de ofrecerte trabajo. Pregúntale por qué pagó en secreto el primer tratamiento de tu padre. Pregúntale por qué te eligió entre cientos de empleados.
—Cállate —ordenó Mercedes.
—También puedes preguntarle qué ocurrió con el bebé que tuvo 29 años atrás y que todos creyeron muerto.
Diego miró a la mujer con la que se había casado el día anterior.
Mercedes tenía lágrimas en los ojos.
—Dime que está mintiendo.
Ella abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Salvatierra se levantó.
—La grabación del accidente contiene mucho más que un fraude. Arturo confesó esa noche que el hijo que entregaron en Oaxaca seguía vivo. Octavio lo escuchó todo.
Diego sintió náuseas.
—¿Entregaron?
Mercedes bajó la cabeza.
—Yo era joven. Arturo y yo todavía no estábamos casados. Mi padre dijo que un hijo fuera del matrimonio destruiría el apellido y provocaría una guerra por la herencia. Me dijeron que había muerto al nacer.
—Pero no murió.
—Lo supe años después.
—¿Cuándo?
Mercedes levantó los ojos.
—Cuando llegaste a trabajar a esta casa.
El silencio fue insoportable.
Diego retrocedió hasta chocar con una silla.
Todas las miradas, las preguntas, la carpeta con sus deudas, la extraña confianza y aquel matrimonio repentino adquirieron un significado monstruoso.
—Tú sabías quién era yo.
—Tenía sospechas.
—Te casaste con tu propio hijo.
—No sabía cómo protegerte —sollozó Mercedes—. Rodrigo descubrió tu existencia. Si una prueba demostraba que eras hijo de Arturo, podías reclamar una parte de la herencia. Pensé que, como mi esposo, tendría tiempo para mantenerte cerca y encontrar una salida legal.
Diego la miró con horror.
—¿Una salida legal? ¿Eso soy para ti? ¿Un problema que resolver?
—Eres el hijo que me robaron.
Antes de que él respondiera, un disparo rompió el ventanal.
Salvatierra cayó al suelo.
Los guardias corrieron hacia el jardín mientras Mercedes gritaba su nombre. Diego se agachó junto al abogado, que sangraba del hombro.
Salvatierra lo sujetó de la camisa.
—La grabación… no la tiene Rodrigo.
—¿Dónde está?
—Tu madre de Oaxaca… ella siempre supo la verdad.
Entonces las luces de toda la mansión se apagaron.
En la oscuridad, sonó el teléfono de Diego.
Era su madre.
Contestó con manos temblorosas.
Del otro lado no escuchó su voz.
Escuchó la de Rodrigo.
—Ven solo a Oaxaca —dijo—. Trae a Mercedes y no llames a la policía. Tu madre tiene algo que mi familia lleva 29 años intentando enterrar.
Después se oyó un golpe, un grito ahogado y la llamada terminó.

