La fotografía quedó inmóvil sobre la mesa.
Jimena sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Las dos mitades encajaban perfectamente.
No había duda.
No era una coincidencia.
Era la misma imagen.
Y mostraba algo que jamás debió existir.
Su madre aparecía sonriendo junto a Ignacio Salvatierra.
Pero aquello no era lo inquietante.
Lo verdaderamente imposible era la fecha escrita en la esquina inferior.
Porque la fotografía había sido tomada tres años después de la muerte oficial de Ignacio.
Jimena la leyó una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Las manos comenzaron a temblarle.
—No puede ser —susurró.
Diego estaba pálido.
—Yo tampoco lo creí cuando la vi.
—¿Quién más sabe de esto?
—Nadie.
—¿Estás seguro?
Diego bajó la mirada.
Ese gesto bastó para que Jimena comprendiera que mentía.
—¿Quién más?
—Mi padre.
La respuesta cayó como una piedra.
Su tío Mauricio.
El hombre que llevaba años administrando buena parte de los asuntos familiares.
El hombre que siempre afirmaba que Ignacio había muerto en circunstancias trágicas.
El hombre que había llorado más fuerte durante el funeral simbólico realizado nueve años atrás.
Jimena sintió una punzada de rabia.
—¿Desde cuándo lo sabe?
—No lo sé.
—Diego.
—Te lo juro.
Y por primera vez parecía sincero.
El silencio se volvió insoportable.
La lluvia seguía golpeando las ventanas.
Parecía más intensa.
Más violenta.
Como si el mundo entero quisiera advertirles algo.
Jimena tomó la fotografía.
La observó bajo la luz.
Entonces descubrió un detalle.
En el reflejo de una ventana aparecía un número.
Muy pequeño.
Casi invisible.
El mismo número de la llave.
El mismo número del cuarto.
El corazón comenzó a latir con fuerza.
Aquello no era un accidente.
Alguien quería que encontrara ese lugar.
O alguien había intentado dejar un rastro antes de desaparecer.
Tomó el teléfono antiguo de su madre.
Volvió a revisar los archivos.
Encontró una carpeta oculta que no había abierto antes.
Dentro había una sola nota.
Una frase.
Nada más.
Si encuentras la fotografía completa, no vayas sola.
Jimena sintió un escalofrío.
Demasiado tarde.
Porque ya estaba sola.
Y cada minuto que pasaba la verdad se volvía más peligrosa.
Aquella madrugada decidió regresar al hospital.
No le avisó a nadie.
Ni siquiera a Diego.
Condujo bajo la tormenta.
Las calles estaban vacías.
La ciudad parecía abandonada.
Cuando llegó, el edificio lucía más siniestro que nunca.
Las luces de algunos pisos permanecían apagadas.
Los pasillos estaban desiertos.
Y el eco de sus propios pasos la perseguía.
La llave del cuarto 312 seguía en su bolsillo.
Llegó hasta el tercer piso.
El corredor estaba vacío.
Encontró la puerta.
La pintura estaba desgastada.
La cerradura parecía antigua.
Introdujo la llave.
Giró.
Escuchó un clic.
Y la puerta se abrió.
Un olor a humedad escapó desde el interior.
Jimena encendió la linterna del teléfono.
La habitación parecía abandonada desde hacía años.
Había muebles cubiertos por sábanas.
Archiveros oxidados.
Cajas apiladas.
Y una cama hospitalaria vacía.
Pero algo llamó inmediatamente su atención.
La pared del fondo.
Había fotografías pegadas.
Decenas.
Cientos.
Rostros.
Nombres.
Fechas.
Documentos.
Era una especie de mapa.
Una red.
Y en el centro aparecía un nombre repetido una y otra vez.
Ignacio Salvatierra.
Jimena se acercó.
Sintió que las piernas dejaban de responder.
Porque también aparecía otro nombre.
Esteban Alcocer.
Su esposo.
Había fotografías de él.
Registros.
Copias bancarias.
Movimientos financieros.
Llamadas.
Reuniones.
Todo cuidadosamente documentado.
Como si alguien hubiera estado vigilándolo durante años.
—Dios mío…
Escuchó un ruido detrás.
Giró bruscamente.
Nada.
Solo oscuridad.
Pero sabía que no estaba sola.
Lo sentía.
Tomó algunas carpetas.
Guardó todo lo que pudo.
Entonces encontró una grabadora.
Pequeña.
Antigua.
La encendió.
La voz de su madre llenó la habitación.
—Si estás escuchando esto, significa que llegaste demasiado lejos.
Jimena sintió que los ojos se llenaban de lágrimas.
Era la voz que creyó haber perdido para siempre.
—No confíes en Mauricio.
No confíes en Esteban.
Y si descubres quién ocupa el lugar de Ignacio, corre.
No intentes enfrentarlo.
No intentes negociar.
Corre.
La grabación terminó.
Y entonces escuchó otro sonido.
Un paso.
Esta vez claramente.
Alguien estaba detrás de la puerta.
Jimena apagó la linterna.
El corazón parecía explotar dentro de su pecho.
La manija comenzó a moverse.
Lentamente.
Muy lentamente.
La puerta se abrió.
Una figura entró.
Jimena contuvo la respiración.
Reconoció la silueta.
Era Mauricio.
Su tío.
Entró mirando alrededor.
Como si buscara algo.
O a alguien.
Llevaba una carpeta en la mano.
Y hablaba por teléfono.
—Sí.
La habitación fue abierta.
No sé quién.
Pero alguien encontró la llave.
Hubo una pausa.
Jimena apenas podía respirar.
—No.
Todavía no sabe todo.
Otra pausa.
—Entendido.
Mañana nos reuniremos con él.
El corazón de Jimena se detuvo.
Con él.
No dijo un nombre.
Pero no necesitaba hacerlo.
Porque ambos sabían exactamente a quién se refería.
Ignacio.
El muerto.
El hombre que seguía firmando documentos.
El hombre que seguía moviendo propiedades.
El hombre que aparentemente seguía vivo.
Mauricio salió después de unos minutos.
Jimena permaneció inmóvil.
Esperó.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Cuando estuvo segura de que se había ido, escapó de la habitación.
Pero algo cambió esa noche.
Porque ya no buscaba pruebas.
Ahora buscaba a una persona.
Una persona oficialmente fallecida.
Al amanecer revisó los documentos recuperados.
Encontró direcciones.
Transferencias.
Nombres falsos.
Empresas fantasma.
Y finalmente una ubicación reciente.
Una hacienda abandonada a las afueras de la ciudad.
La propiedad estaba registrada bajo otro nombre.
Pero los movimientos bancarios la conectaban con Ignacio.
Todo conducía allí.
Jimena decidió ir.
Sin embargo, antes de salir recibió una llamada.
Número desconocido.
Contestó.
Nadie habló.
Solo respiración.
Luego una voz masculina.
Grave.
Serena.
—Tu madre cometió un error.
Jimena sintió hielo en las venas.
—¿Quién eres?
Silencio.
—Ella creyó que podía destruir décadas de trabajo.
—¿Ignacio?
La llamada terminó.
Jimena quedó inmóvil.
No sabía si acababa de hablar con un fantasma o con un criminal.
Pero una cosa era segura.
Él sabía que estaba investigando.
Y ahora también sabía dónde encontrarla.
La hacienda apareció entre árboles cubiertos por lluvia.
Era enorme.
Antigua.
Aislada.
Parecía olvidada por el tiempo.
Jimena estacionó lejos.
Avanzó a pie.
El lugar estaba sorprendentemente vigilado.
Había vehículos recientes.
Luces encendidas.
Movimiento.
No era un sitio abandonado.
Era una base de operaciones.
Consiguió entrar por una puerta lateral.
Escuchó voces.
Se escondió detrás de una pared.
Reconoció inmediatamente a Mauricio.
Luego a otra persona.
Y una tercera voz.
Una voz desconocida.
Profunda.
Autoritaria.
—La hija encontró demasiadas cosas.
—Podemos detenerla —dijo Mauricio.
—Ya es tarde para eso.
—Entonces debemos actuar.
Hubo silencio.
Después escuchó la respuesta.
—No.
Todavía no.
Jimena intentó observar.
Se movió apenas unos centímetros.
Y entonces vio al hombre.
El mundo pareció detenerse.
Las fotografías.
Los documentos.
Las firmas.
Todo cobraba sentido.
Porque estaba allí.
Frente a ella.
Más viejo.
Más delgado.
Pero inconfundible.
Ignacio Salvatierra.
Vivo.
Después de nueve años oficialmente muerto.
Jimena retrocedió.
El pie golpeó una tabla.
El ruido resonó.
Todos voltearon.
El silencio fue absoluto.
Ignacio la miró directamente.
Y sonrió.
Aquella sonrisa destruyó cualquier duda.
Sabía quién era.
Siempre lo había sabido.
—Jimena.
La voz sonó tranquila.
Casi amable.
—Es un placer conocerte finalmente.
Ella corrió.
No pensó.
No habló.
Solo corrió.
Escuchó gritos.
Pasos.
Personas persiguiéndola.
Atravesó el jardín bajo la lluvia.
Llegó al automóvil.
Arrancó.
Los neumáticos patinaron.
Un vehículo salió detrás.
Luego otro.
La persecución comenzó.
La carretera estaba mojada.
La visibilidad era mínima.
Los limpiaparabrisas apenas podían seguir el ritmo de la tormenta.
Jimena sujetó el volante con fuerza.
Los vehículos continuaban detrás.
Más cerca.
Más cerca.
Entonces sonó el teléfono.
Número desconocido otra vez.
Contestó.
—¿Qué quieres?
La respuesta llegó inmediatamente.
—Salvarte.
La voz era femenina.
Desconocida.
—Escúchame con atención.
No vayas a la policía.
No confíes en Esteban.
Y no regreses a tu casa.
—¿Quién eres?
—Tu madre me pidió protegerte.
Jimena sintió que el corazón se detenía.
—¿Quién eres?
—La mujer cuyo nombre estaba en la caja de medicinas.
La llamada terminó.
Y en ese instante un vehículo impactó la parte trasera de su automóvil.
Jimena perdió el control.
El coche giró.
La carretera desapareció.
Todo se volvió oscuridad.
Cuando abrió los ojos, estaba en un lugar desconocido.
Una habitación pequeña.
Luz tenue.
Vendajes en el brazo.
Dolor en la cabeza.
Intentó incorporarse.
La puerta se abrió.
Entró una mujer de cabello gris.
La misma edad aproximada que habría tenido su madre.
La observó durante varios segundos.
Como si estuviera viendo un fantasma.
—Al fin despertaste.
—¿Quién eres?
La mujer tragó saliva.
Los ojos se llenaron de lágrimas.
Y entonces pronunció una frase que hizo añicos todo lo que Jimena creía saber sobre su propia vida.
—Soy Elena.
La hermana de tu madre.
La hermana que toda tu familia aseguró que había muerto hace veintisiete años.
Jimena sintió que el mundo entero volvía a derrumbarse.
Porque si Elena estaba viva…
Entonces la lista de muertos que seguían respirando acababa de crecer.
Y quizá Ignacio Salvatierra no era el único cadáver caminando entre ellos.

