El teléfono tembló entre los dedos de Valeria.
La imagen tardó apenas un segundo en cargar.
Pero ese segundo le cambió la vida.
Su madre estaba atada a una silla.
Tenía los ojos vendados.
Una luz blanca iluminaba su rostro pálido.
Y detrás de ella había una pared de concreto donde alguien había pintado un símbolo negro.
Un cuervo.
Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No…
El mensaje llegó inmediatamente después.
Si quieres volver a verla con vida, ven sola.
Abajo aparecía una dirección.
Un viejo almacén abandonado junto al puerto.
—¿Qué sucede? —preguntó el guardaespaldas.
Valeria mostró la pantalla.
El hombre maldijo en voz baja.
—No podemos ir ahí.
—Es mi madre.
—Precisamente por eso.
Otro disparo resonó en las escaleras.
Los atacantes seguían acercándose.
El segundo guardaespaldas apareció corriendo desde el piso inferior.
Tenía sangre en el hombro.
—Nos alcanzaron.
—¿Cuántos?
—Más de diez.
Valeria observó nuevamente la fotografía.
Su madre parecía inconsciente.
Cada segundo importaba.
—Voy a ir.
—No.
—No pienso abandonarla.
—Eso es exactamente lo que ellos quieren.
Valeria apretó la carpeta contra su pecho.
Entonces recordó la fotografía.
La fotografía donde aparecía su madre junto a Lorenzo Santoro y el pequeño Diego.
Aquello no tenía sentido.
Ningún sentido.
Pero era real.
—Díganme la verdad.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—No aquí.
—Ahora.
Un estruendo sacudió la escalera.
El tiempo se agotaba.
El guardaespaldas respiró profundamente.
—Tu madre trabajó para los Santoro hace más de treinta años.
Valeria parpadeó.
—¿Qué?
—Era enfermera privada.
—Nunca me habló de eso.
—Porque le pagaron para guardar silencio.
—¿Silencio sobre qué?
El hombre dudó.
—Sobre el nacimiento de Diego.
El corazón de Valeria comenzó a acelerarse.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Todo.
Antes de que pudiera continuar, una bala atravesó la puerta metálica.
Los tres corrieron escaleras abajo.
Salieron por una salida de emergencia y llegaron al estacionamiento trasero.
Una camioneta negra los esperaba.
Subieron.
Las ruedas chirriaron.
Y desaparecieron entre el tráfico.
Durante varios minutos nadie habló.
Solo se escuchaba la respiración agitada de Valeria.
Y los tres pequeños latidos que imaginaba dentro de ella.
Tres vidas.
Tres herederos.
Tres objetivos.
Finalmente el guardaespaldas sacó otra fotografía.
La colocó sobre sus piernas.
—Mírala bien.
Valeria observó la imagen.
Era antigua.
Quizás de treinta años atrás.
Aparecía una sala de maternidad.
Varias enfermeras.
Médicos.
Y una mujer sosteniendo dos recién nacidos.
No uno.
Dos.
Valeria frunció el ceño.
—¿Gemelos?
—Eso creemos.
—¿Creen?
—Los registros desaparecieron.
—No entiendo.
El hombre señaló uno de los bebés.
—Ese es Diego.
Luego señaló al otro.
—Y ese niño jamás volvió a aparecer.
El silencio llenó la camioneta.
—¿Están diciendo que Diego tenía un hermano?
—Eso parece.
—¿Y?
—Que alguien hizo desaparecer a uno de los dos.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién?
—Esa es la pregunta que lleva treinta años provocando muertes.
La camioneta se detuvo frente a una casa aislada en las afueras de la ciudad.
Era una propiedad discreta.
Sin señales.
Sin vecinos cercanos.
Entraron rápidamente.
El lugar parecía un centro de operaciones improvisado.
Computadoras.
Pantallas.
Mapas.
Guardias armados.
Y en medio de todo aquello…
Valeria dejó de respirar.
Diego estaba allí.
Vivo.
De pie.
Observándola.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
Ninguno habló.
El tiempo pareció romperse.
Valeria sintió lágrimas acumulándose en sus ojos.
—Tú…
Diego avanzó lentamente.
—Lo siento.
Ella lo golpeó.
Con toda la fuerza que tenía.
El sonido resonó en la habitación.
—¡Me dijeron que estabas muerto!
Otro golpe.
—¡Lloré por ti!
Otro.
—¡Pensé que nunca volvería a verte!
Entonces se derrumbó.
Y Diego la abrazó.
Valeria intentó resistirse.
Pero ya no pudo.
Lloró durante varios minutos.
Lloró por el miedo.
Por la rabia.
Por la confusión.
Por aquellos tres bebés.
Y por el hombre que había desaparecido sin explicaciones.
Cuando finalmente logró tranquilizarse, se separó de él.
—Empieza a hablar.
Diego asintió.
—Mi padre quería protegerme.
—¿De quién?
—De mi propia familia.
Valeria permaneció inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que alguien dentro del imperio Santoro lleva décadas asesinando a cualquiera que pueda reclamar el control.
—¿Y tu muerte?
—Fue una trampa.
—¿Tu padre la organizó?
—No.
—Entonces…
Diego bajó la mirada.
—Yo mismo.
Valeria sintió otra oleada de ira.
—¿Fingiste tu muerte?
—Era la única forma de sobrevivir.
—¿Y yo?
—No sabía que estabas embarazada.
Aquellas palabras parecían sinceras.
Demasiado sinceras.
—Cuando intenté encontrarte ya era tarde.
—¿Por qué?
—Porque descubrieron nuestra relación.
Valeria recordó la fotografía encontrada por los atacantes.
La orden.
Eliminar a la madre.
—¿Quiénes son ellos?
Diego caminó hasta una pantalla.
Apareció la imagen de un hombre elegante de cabello gris.
—Mi tío Esteban.
—¿Tu tío?
—Hermano menor de Lorenzo Santoro.
Valeria observó el rostro.
Había algo inquietante en aquella sonrisa.
—Creemos que dirige una organización conocida como El Cuervo.
El mismo símbolo que aparecía detrás de su madre.
—Fue él.
—¿Qué?
—El símbolo de la fotografía.
Diego asintió.
—Sí.
El silencio volvió.
Luego Valeria recordó algo.
—La carpeta.
Sacó los documentos.
—Mi madre aparece aquí.
Diego observó la imagen.
Su expresión cambió.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre?
—Nunca había visto esta fotografía.
—¿La reconoces?
Diego tomó la imagen con manos temblorosas.
—La mujer que está detrás de mi padre…
—Es mi madre.
—No.
—¿Qué?
—No es solo tu madre.
Valeria sintió que la habitación giraba.
—¿Qué quieres decir?
Diego levantó lentamente la vista.
—Es la mujer que aparece en todos los documentos desaparecidos sobre mi nacimiento.
—Eso no significa nada.
—Significa demasiado.
En ese momento una alarma comenzó a sonar.
Todas las pantallas se iluminaron.
Uno de los guardias gritó desde el otro extremo de la sala.
—¡Tenemos movimiento!
Diego corrió hacia los monitores.
Varias camionetas avanzaban por la carretera principal.
Al menos doce.
—Nos encontraron.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Pero Valeria sí lo sabía.
Sacó el teléfono.
El mensaje.
La fotografía.
La ubicación.
Habían rastreado el dispositivo.
—Fue mi culpa.
—No.
—Sí.
Diego tomó su mano.
—Ellos nos habrían encontrado tarde o temprano.
Los guardias comenzaron a prepararse.
Armas.
Chalecos.
Posiciones defensivas.
La casa se transformó en una fortaleza.
Pero Diego parecía más preocupado por otra cosa.
—Tenemos que sacar a Valeria.
—¿Y tú?
—Me quedaré.
—Ni hablar.
—Valeria…
—No voy a perderte otra vez.
Durante un instante se miraron en silencio.
Entonces una nueva alerta apareció en la pantalla principal.
Todos quedaron inmóviles.
Porque no mostraba camionetas.
Mostraba una transmisión en vivo.
La imagen era borrosa.
Oscura.
Pero reconocible.
La madre de Valeria seguía atada.
Y ahora alguien estaba de pie junto a ella.
Un hombre.
Elegante.
Cabello gris.
Sonrisa tranquila.
Esteban Santoro.
—Buenas noches —dijo mirando directamente a la cámara—. Veo que finalmente estamos todos reunidos.
Diego apretó los puños.
—Maldito bastardo.
Esteban sonrió.
—Diego. Qué alegría verte vivo.
—Déjala ir.
—No puedo.
—Ella no tiene nada que ver con esto.
—Al contrario.
La sonrisa desapareció.
—Tiene todo que ver.
Valeria sintió un frío terrible.
—¿Qué significa eso?
Los ojos de Esteban se clavaron en ella.
—Tu madre ha guardado un secreto durante treinta años.
La mujer atada comenzó a moverse.
Intentó decir algo.
Parecía desesperada.
—¿Qué secreto? —preguntó Diego.
Esteban soltó una carcajada.
—El mismo secreto por el que murieron veintisiete personas.
Nadie habló.
Nadie respiró.
—Tu padre jamás tuvo un solo hijo, Diego.
El silencio explotó dentro de la habitación.
—No.
—Sí.
—Mientes.
—¿De verdad?
Esteban caminó lentamente frente a la cámara.
—Dime. ¿Nunca te preguntaste por qué desaparecieron todos los registros de tu nacimiento?
Diego no respondió.
—Porque no nació un niño.
—Basta.
—Nacieron dos.
Valeria sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.
La fotografía.
Los dos bebés.
El segundo niño.
Todo era real.
—¿Dónde está? —preguntó Diego.
—Esa es la mejor parte.
Esteban volvió a sonreír.
—Porque lleva años mucho más cerca de lo que imaginas.
La transmisión se interrumpió.
Las pantallas quedaron negras.
Y un segundo después una explosión iluminó el exterior de la propiedad.
Los atacantes habían llegado.
Los disparos comenzaron inmediatamente.
Caos.
Gritos.
Cristales rompiéndose.
Guardias respondiendo al fuego.
Diego tomó a Valeria de la mano.
—Tenemos que movernos.
Corrieron por un pasillo oculto detrás de una biblioteca.
Descendieron por unas escaleras estrechas.
La tierra temblaba sobre sus cabezas.
Las explosiones continuaban.
—¿A dónde vamos?
—Hay una salida.
—¿Y mi madre?
—La encontraremos.
Llegaron a un túnel subterráneo.
Oscuro.
Húmedo.
Antiguo.
Avanzaron varios minutos.
Hasta que Diego se detuvo abruptamente.
Había una puerta metálica al final.
Entreabierta.
—Eso no estaba abierto.
Valeria sintió el peligro de inmediato.
Demasiado tarde.
Una figura emergió desde la oscuridad.
Apuntándolos con una pistola.
—No den un paso más.
Diego se quedó inmóvil.
—Tú.
El desconocido avanzó.
La luz reveló lentamente su rostro.
Y Valeria sintió que el mundo volvía a romperse.
Porque aquel hombre era idéntico a Diego.
Misma altura.
Mismos ojos.
Mismo rostro.
Como un reflejo.
Como un fantasma.
Como el segundo bebé de la fotografía.
El hombre sonrió.
Pero era una sonrisa fría.
Peligrosa.
—Hola, hermano.
Diego parecía incapaz de hablar.
—Es imposible…
—Treinta años esperando este momento.
Valeria observó a ambos.
Dos hombres iguales.
Dos herederos.
Dos secretos.
Y entonces el desconocido bajó lentamente la mirada hacia su vientre.
Sus ojos brillaron de una forma que la aterró.
—Así que son ciertos los rumores.
—No la mires —gruñó Diego.
—Tres bebés.
El hombre sonrió aún más.
—Tres nuevos Santoro.
Valeria retrocedió instintivamente.
Pero él ya había levantado nuevamente la pistola.
—Qué curioso.
Su dedo comenzó a presionar el gatillo.
—Después de treinta años buscando una herencia…
La sonrisa se volvió aterradoramente tranquila.
—Resulta que ahora tengo que eliminar a cinco personas en lugar de dos.
Y el disparo resonó en la oscuridad antes de que cualquiera pudiera moverse.

