—Por instrucciones del señor Sebastián Robles, a partir de este momento doña Juana queda reconocida como…
El abogado hizo una pausa.
Memo dejó de sonreír.
Susana apretó las flores contra el pecho como si fueran escudo.
—Como socia mayoritaria de la nueva empresa Pan y Comida Juana Rivera, S.A. de C.V. —terminó el abogado—, con derecho al cincuenta y uno por ciento de utilidades del comedor comunitario y la panadería que se abrirán en este local y en el inmueble contiguo, ya adquirido por el señor Sebastián.
Doña Juana soltó un gemido chiquito.
—No, mijo… no diga esas cosas.
Yo me acerqué a ella y le puse una mano sobre el hombro.
—Usted me dio todo lo que tenía sin preguntar qué ganaba. Ahora va a recibir sin tener que pedir permiso.
Memo se rió, pero la risa le salió quebrada.
—¿Socia? ¿De qué hablas, Chano? Tú no sabes manejar dinero. Te van a robar.
—Ya me robaron bastante —dije—. Nomás que antes les decía familia.
Susana dejó las flores sobre una mesa, con cuidado, como si eso la volviera decente.
—Sebastián, todos cometemos errores. Ese día nos agarraste de sorpresa.
—Te pedí ayuda para no quedarme ciego.
—Pero era mentira —soltó Memo.
Yo lo miré.
—Qué rápido se ofenden cuando descubren que la prueba también les tocaba a ustedes.
La panadería estaba llena de olor a concha recién salida, bolillo crujiente y café de olla con canela. Afuera pasaba la gente de la colonia San Rafael, señoras con bolsas del mandado, oficinistas buscando pan para la tarde, niños saliendo de la escuela con la mochila chueca. Esa calle me había visto pobre, cansado, endeudado, pero nunca me había visto arrastrado.
Y esa mañana no iba a empezar.
El abogado sacó otra carpeta.
—También hay un fideicomiso ya constituido para cubrir la atención médica de doña Juana, la reparación de su casa y la compra de equipo nuevo para su cocina. Incluye seguro de gastos médicos mayores y una póliza de vida donde ella designará beneficiarios, no la familia del señor Sebastián.
Doña Juana empezó a llorar.
—Yo no tengo a quién dejarle nada, mijo.
—Sí tiene —le dije—. A usted misma en vida.
Ella se tapó la cara con el mandil.
Yo recordé su cocina pequeña, el bote de arroz, los mil doscientos pesos. Recordé cómo me apretó la mano cuando creyó que yo iba a perder la vista. Y entonces entendí que la riqueza no me había hecho generoso.
Solo me dio por fin con qué responderle a la única persona que ya lo era.
Memo golpeó la mesa.
—¿Y nosotros qué? ¿Nos vas a dejar viendo?
—No. Les voy a enseñar.
Susana se puso rígida.
—No somos tus empleados.
—Nunca dije que lo fueran. Aunque durante años me trataron como si yo fuera el suyo.
Mi primo Toño, el mismo que en la carne asada dijo que todos tenían gastos, se aclaró la garganta.
—Chano, yo no dije nada malo.
—Exacto, Toño. Ese fue el problema.
Nadie volvió a hablar.
El abogado tomó aire.
—El señor Sebastián desea comunicarles que no habrá préstamos familiares, donaciones, inversiones ni pagos de deudas personales. Cualquier solicitud deberá presentarse por escrito, con comprobantes, avales y contrato notariado.
Memo soltó una carcajada.
—¿Contrato? ¿Entre hermanos?
—Sobre todo entre hermanos —dije.
Su cara cambió.
Porque ahí entendió que el Chano que podía pedir fiado ya no existía.
Y el Sebastián que tenía cuarenta millones no pensaba olvidar.
Susana intentó otro tono.
—Hermano, yo no vine por dinero. Vine porque me importas.
—Entonces dime una cosa.
Ella tragó saliva.
—¿Qué?
—¿Cuándo es mi cumpleaños?
El silencio fue tan largo que hasta el horno pareció escucharlo.
Susana miró a Memo.
Memo miró al piso.
Toño se rascó la nuca.
Doña Juana dejó de llorar.
—El 18 de febrero —dijo ella bajito—. Siempre haces puerquitos de piloncillo porque dices que era el pan favorito de tu mamá.
Sentí que algo me apretó la garganta.
Mi madre murió cuando yo tenía once. Después de eso, la familia se repartió sus cosas, sus recetas, sus ollas, sus santos. A mí me dejaron el delantal viejo y la deuda del funeral.
Pero doña Juana lo recordaba.
Susana abrió la boca, pero no salió nada.
Memo se desesperó.
—Bueno, ya. ¿Qué quieres? ¿Que te pidamos perdón de rodillas? ¿Que hagamos teatro? La familia se ayuda, Sebastián. Para eso es el dinero.
—No —dije—. La familia se ayuda antes de saber que hay dinero.
El abogado me miró como preguntando si continuaba.
Asentí.
Él sacó un sobre blanco.
—Además, por instrucciones del señor Robles, se realizará una auditoría sobre la panadería familiar original “La Esperanza”, propiedad de su difunta madre, Isabel Robles.
Memo se quedó inmóvil.
Susana perdió el color.
Yo no sabía esa parte hasta después de cobrar el Melate. Cuando fui a ordenar mis papeles para el banco, un contador me preguntó por qué nunca había reclamado mi parte de una propiedad mercantil inscrita a nombre de mi mamá. Yo ni siquiera sabía que existía.
Mi madre no solo me dejó recetas.
Me dejó un negocio.
Y mis hermanos lo habían desaparecido como desaparecen las cosas de los pobres: con firmas falsas, actas mal copiadas y notarios que cobran por no mirar.
—¿Qué es eso? —preguntó Toño.
Memo lo calló con los ojos.
Yo sonreí sin alegría.
—La panadería del Centro que mi mamá abrió con mi papá antes de morir. La que ustedes dijeron que se había vendido para pagar el hospital. La que ahora renta un local en la calle de República de Uruguay y les deposita cada mes a nombre de una inmobiliaria de Memo.
Susana dio un paso atrás.
—Eso fue decisión de papá.
—Papá murió debiendo hasta las misas —dije—. No le cargues otro pecado.
Memo se acercó.
—Bájale.
—No.
—Te estás pasando.
—Me pasé veinte años levantándome a las tres de la mañana mientras ustedes cobraban una renta que también era mía.
La panadería quedó muda.
Afuera se escuchó el grito de un vendedor de tamales.
Doña Juana se limpió los ojos.
—Mijo, ¿por eso nunca cambiaba usted el horno?
Asentí.
—Porque siempre creí que no alcanzaba.
Y de pronto me dio rabia no solo por mí, sino por el niño que amasaba en una mesa prestada, por el joven que dejó la preparatoria para pagar luz y gas, por el hombre que se tragó burlas porque pensó que ser noble era no reclamar.
El abogado continuó:
—Se presentará denuncia por falsificación de firma, administración fraudulenta y ocultamiento de bienes hereditarios. El señor Sebastián cuenta con copias del Registro Público, estados de cuenta y contratos de arrendamiento.
Memo aventó la botella carísima contra el piso.
Se rompió junto a las charolas de orejas.
El olor dulce del pan se mezcló con alcohol.
—¡Eres un malagradecido! —gritó—. ¡Yo te dejé usar el apellido Robles!
Me acerqué despacio.
—Ese apellido también lo tenía mi madre.
—Tú no eres como nosotros.
—Gracias a Dios.
Susana empezó a llorar, pero no se le corrió el maquillaje. Tenía práctica.
—Sebastián, yo tengo dos hijos. No puedes hacer esto. La escuela privada está carísima. Mi esposo está atrasado con la hipoteca.
Ahí estaba.
No amor.
No arrepentimiento.
Hipoteca.
Colegiatura.
Tarjeta.
Deudas vestidas de cariño.
—Cuando me pediste dinero para el viaje a España, te deposité veinte mil —dije—. Dijiste que era para una consulta médica de tu suegra.
Ella bajó la mirada.
—Cuando Memo chocó borracho la camioneta, le di treinta y cinco mil para “arreglar con el seguro”.
Memo apretó los dientes.
—Cuando Toño me dijo que su hijo necesitaba una laptop para la universidad, le di ocho mil. Luego vi al muchacho vendiendo la laptop nueva en Marketplace.
Toño se puso rojo.
—Era una emergencia.
—Siempre tienen emergencias cuando el dinero no sale de su bolsa.
Doña Juana se levantó despacio.
—Sebastián, yo no quiero que peleen por mí.
—No pelean por usted —dije—. Pelean porque ya no pueden comer de mí.
Ella volvió a sentarse.
El abogado empujó hacia ella una hoja.
—Doña Juana, esta escritura corresponde a la casa contigua a la suya. Se compró a su nombre con reserva de usufructo para que usted pueda ampliar su cocina o rentarla. Ya está pagada. No hay deuda.
La vi abrir los ojos.
—¿Mi casa ya no va a tener goteras?
—No —dije—. Ni fuga de gas. Ni techo de lámina. Ni miedo de que un día la corran por no pagar predial.
Ella tomó las llaves como si fueran una hostia.
—Yo solo le di mil doscientos pesos.
—No. Me dio una medida.
—¿Cuál?
—La medida exacta de quién merecía entrar en mi nueva vida.
Memo respiró fuerte.
—¿Nueva vida? ¿Así nomás? ¿Crees que porque ganaste Melate ya eres mejor?
—No gané para ser mejor. Gané para dejar de fingir que ustedes lo eran.
Susana se secó una lágrima invisible.
—El dinero cambia a la gente.
—No. El dinero prende la luz.
Y ahí estaban todos, iluminados.
Mis hermanos, mis primos, mis cuñados que no habían abierto la boca en la carne asada pero sí la mano cuando supieron del premio. Todos habían llegado perfumados, con sonrisas nuevas y memoria recién estrenada.
Nadie había traído los cincuenta mil.
Nadie había preguntado por mi ojo.
Nadie había dicho: “Perdón por dejarte solo cuando creímos que te ibas a quedar ciego”.
Solo preguntaban cuánto les tocaba.
El abogado cerró una carpeta y abrió otra.
—También se informa que el señor Sebastián ha contratado asesoría financiera independiente. Los fondos están diversificados en instrumentos bancarios, inversiones conservadoras y una reserva para impuestos. Nadie está autorizado a representarlo, pedir créditos a su nombre ni usar sus datos personales.
Susana levantó la vista.
Demasiado rápido.
La noté.
—¿Qué hiciste? —le pregunté.
—Nada.
Memo la miró.
—Susana.
Ella se llevó una mano al collar.
Yo saqué mi celular y abrí un correo.
—Ayer intentaron sacar una tarjeta de crédito con mis datos. Usaron una copia de mi INE vieja, la que dejé en tu casa cuando firmé como aval de tu departamento.
Susana empezó a negar con la cabeza.
—No fui yo.
—La solicitud venía con tu correo alterno.
Memo la miró como si acabara de descubrir que no era la única víbora de la mesa.
—¿Ibas a robarle antes que yo?
—¡Cállate! —gritó ella.
Y esa frase lo dijo todo.
Antes que yo.
No “robarle”.
No “perjudicarlo”.
Solo el orden.
El abogado hizo una anotación.
—Eso también se agregará a la denuncia por intento de fraude y uso indebido de datos personales.
Susana se dejó caer en una silla.
—Tengo miedo.
La miré.
Por primera vez no sentí ganas de consolarla.
—Yo también tuve miedo cuando pensé que podía quedarme solo, enfermo y pobre. Y aun así te fuiste por otra copa.
Memo agarró las llaves de su camioneta.
—Vámonos. Que se quede con su vieja y su pan.
Doña Juana levantó la cara.
—A mí no me diga vieja, joven. Vieja su hambre de dinero.
Un par de clientes que estaban en la puerta soltaron la risa.
Memo se puso morado.
—Usted ni familia es.
Doña Juana apoyó las manos sobre la mesa.
—Por eso pude quererlo sin hacerle cuentas.
El golpe fue limpio.
Memo no supo responder.
Susana intentó levantarse, pero el abogado la detuvo con una hoja.
—Antes de retirarse, quedan formalmente notificados de que cualquier acercamiento intimidatorio, difamación o intento de presión será denunciado. El señor Robles ya presentó solicitud de medidas de protección por acoso familiar patrimonial.
—¿Acoso familiar? —dijo Toño—. Ya ni que fuéramos delincuentes.
—Todavía no está sentenciado —dije—. Pero van bien.
Se fueron uno por uno.
Sin abrazos.
Sin flores.
Sin botella.
Memo dejó el alcohol roto en el piso, como dejaba siempre sus desastres para que alguien más los limpiara.
Pero esta vez no lo limpié.
Le pedí a Toño que regresara.
—Recoge eso.
—¿Qué?
—La botella. La rompió tu primo en mi negocio.
—No soy tu empleado.
—Entonces eres testigo de daño en propiedad ajena.
Se agachó.
Mientras juntaba vidrios con una pala, entendí que la dignidad a veces empieza en cosas pequeñas: no recoger lo que rompieron otros.
Cuando se fueron, doña Juana se quedó mirando las llaves.
—Mijo, yo no sé ser rica.
—Yo tampoco.
—¿Y si nos equivocamos?
—Entonces aprendemos con contador, abogado y recibos. No con confianza ciega.
Ella soltó una risita.
—Eso sí suena caro.
—Más caro me salió confiar en mi sangre.
Esa tarde cerré la panadería temprano.
No para descansar.
Para llevar a doña Juana a comprar una estufa nueva.
Fuimos a una tienda grande de la Calzada México-Tacuba. Ella caminaba entre refrigeradores como si estuviera en un museo. Tocaba las parrillas con miedo, preguntaba dos veces el precio y decía que la más barata estaba bien.
Yo escogí una estufa industrial.
Ella casi me pega con la bolsa.
—¿Y eso para qué?
—Para que venda comida sin miedo a explotar.
—No exagere, mijo.
—Usted casi me regaló su estufa por mi ojo falso. Déjeme pagarle una real.
Después fuimos al banco.
Le abrieron una cuenta propia.
El ejecutivo le habló despacio, como si ser pobre fuera lo mismo que ser tonta.
Doña Juana lo miró firme.
—Joven, no me explique como niña. Yo administré una casa con viudez, inflación y tres goteras. Usted nomás dígame dónde firmo y cuánto me cobran.
Yo me reí.
El ejecutivo se enderezó.
Al salir, ella llevaba su tarjeta en una bolsita aparte, pegada al pecho.
—Nunca tuve una cuenta solo mía —dijo.
—Ahora sí.
—¿Y si alguien me pide prestado?
—Me llama.
—¿Y si es mi comadre?
—Me llama más rápido.
Volvimos por Paseo de la Reforma, con las luces encendiéndose y el Ángel brillando lejos. Yo miré la ciudad como si fuera otra. No porque tuviera dinero, sino porque por primera vez no estaba pensando cuánto costaba cada error.
A la semana siguiente, mis hermanos empezaron la guerra.
Memo publicó que yo me había vuelto soberbio.
Susana escribió que el dinero me había envenenado.
Toño dijo en un grupo familiar que yo prefería ayudar a una extraña que a mis sobrinos.
No respondí.
Subí una sola foto.
Los mil doscientos pesos de doña Juana, enmarcados, colgados junto al horno.
Abajo escribí:
“Esto me compró los ojos.”
La publicación se llenó de comentarios.
Clientes.
Vecinos.
Gente que había comido en la fonda de doña Juana.
Un señor contó que ella le fiaba comida cuando estuvo sin trabajo.
Una muchacha dijo que Juana le pagó pasajes para ir a una entrevista.
Un albañil escribió que comía ahí porque era el único lugar donde le servían igual si traía botas sucias o camisa limpia.
Mis hermanos quisieron humillarme.
Terminaron haciendo famosa a la mujer correcta.
El comedor abrió dos meses después.
No lo llamamos “Sebastián”.
No lo llamamos “Robles”.
Se llamó “Los Mil Doscientos”.
En la entrada pusimos una frase de doña Juana:
“Lo que te falta también puede servir.”
Vendíamos pan por la mañana y comida corrida al mediodía: sopa de fideo, arroz rojo, milanesa, chiles rellenos, agua de jamaica, frijoles de olla. Los viernes había arrachera, pero nadie se sentaba a la mesa si antes no había pagado a los empleados.
Esa fue mi primera regla.
La segunda: ningún familiar entraba a pedir fiado.
La tercera: quien llegara con hambre comía, pero quien llegara con mentira se iba.
Doña Juana se volvió jefa sin querer.
Se ponía su mandil nuevo, revisaba las ollas, regañaba a proveedores y bendecía el pan antes de abrir. Yo seguía levantándome temprano, pero ya no por necesidad. Por gusto. Porque el olor a bolillo recién horneado me recordaba que no todo lo humilde era humillante.
Un día llegó Memo.
Solo.
Sin camioneta.
Con la barba crecida.
Se sentó afuera hasta que cerramos.
—Sebastián —dijo—. Perdí el negocio.
No sentí alegría.
Tampoco lástima.
—¿Cuál?
—La constructora. Me atoraron con impuestos. Necesito un préstamo para no perder la casa.
Doña Juana estaba atrás, limpiando mesas.
Me miró, pero no dijo nada.
—Trae papeles —respondí.
Memo parpadeó.
—Soy tu hermano.
—Por eso te pedí papeles, no te mandé a la fregada.
Me entregó una carpeta.
La revisé con mi contador.
Descubrimos que no quería salvar su casa.
Quería salvar una propiedad en Cuernavaca registrada a nombre de su amante.
Cuando lo enfrenté, se le cayó la máscara.
—¡Es mi vida!
—Y mi dinero no va a pagarla.
—Mamá se moriría de vergüenza de verte así.
Sentí un golpe en el pecho.
Luego recordé a mi madre amasando en silencio, quitándose el delantal para limpiarme la cara, escondiendo monedas en una lata para comprarme zapatos.
—Mi mamá se murió de trabajar —dije—. No la uses para defender tu flojera.
Memo se fue maldiciendo.
Dos semanas después, Susana llegó con sus hijos.
Eso sí me dolió.
Los niños no tenían culpa.
Ella lo sabía.
—La colegiatura —dijo—. Los van a sacar.
Me dio recibos verdaderos.
Por primera vez.
No le di dinero a ella.
Pagué directamente a la escuela por un semestre, con una condición: los niños irían a terapia familiar pagada por mí, y Susana tendría que tomar un curso de administración personal en una institución seria.
Se ofendió.
—Me tratas como inútil.
—No. Te trato como adulta.
Aceptó porque no tenía opción.
Meses después me escribió un mensaje:
“Por primera vez sé cuánto debo.”
No era perdón.
Pero era inicio.
El juicio por la panadería de mi madre avanzó lento, como avanzan las cosas en México cuando hay papeles viejos y gente rica nerviosa. Pero avanzó. El notario que ayudó a Memo fue citado. La inmobiliaria tuvo que mostrar contratos. La renta escondida apareció.
Cuando Memo recibió la demanda, fue al comedor y gritó frente a todos:
—¡Te vas a arrepentir! ¡La sangre llama!
Doña Juana salió de la cocina con un cucharón en la mano.
—Sí llama, joven. Pero uno decide si contesta.
La gente aplaudió.
Memo no volvió.
Un año después, “Los Mil Doscientos” ya tenía fila.
No por lástima.
Por sabor.
Los bolillos salían dorados. Las conchas tenían costra perfecta. La comida de doña Juana sabía a esas cocinas donde nadie te pregunta cuánto traes antes de servirte otro cucharón de frijoles.
Compramos una camioneta para repartir pan.
Le pusimos seguro.
Contratamos a cinco mujeres de la colonia.
Todas con sueldo, prestaciones y cuenta bancaria.
Doña Juana aprendió a usar la terminal, aunque seguía desconfiando del “aparatejo”.
Yo compré una casa sencilla, no una mansión. Con patio, horno grande y un cuarto para guardar papeles bajo llave. El boleto ganador del Melate lo enmarqué, pero no en la sala. Lo puse en mi oficina, junto a los mil doscientos pesos.
Uno me cambió la cuenta.
El otro me cambió la vida.
Creí que la historia terminaba ahí.
Hasta que una tarde llegó un sobre del juzgado.
Era la resolución sobre la panadería original de mi madre.
La firma con la que Memo y Susana habían vendido mi parte era falsa.
La propiedad debía restituirse.
Y las rentas cobradas durante años tenían que pagarse con intereses.
Me senté.
No por el dinero.
Por el nombre que venía al final del expediente.
El testigo que había validado la firma falsa no era un notario cualquiera.
Era mi padre.
Mi padre, que toda la vida me dijeron muerto antes de que yo aprendiera a leer.
Mi padre, que supuestamente había fallecido en un accidente de carretera.
Mi padre, cuya tumba estaba en un panteón de Iztapalapa.
El abogado llegó una hora después.
Traía la cara seria.
—Sebastián, investigamos. No murió. Cambió de nombre. Vive en Querétaro. Y aparece como beneficiario en una cuenta donde Memo depositó parte de las rentas.
Sentí que el horno se apagaba dentro de mí.
Doña Juana se sentó a mi lado.
—Mijo…
No pude hablar.
Esa noche fui al panteón.
La tumba de mi padre tenía flores de plástico viejas y una cruz oxidada. La miré mucho rato. Luego pedí al administrador el expediente.
La fosa estaba vacía.
Vacía como el lugar que dejó en mi infancia.
Al día siguiente, el abogado citó a Memo, Susana y a ese hombre en mi panadería.
Llegó con lentes oscuros, bigote blanco y una camisa cara.
No me abrazó.
No lloró.
Solo dijo:
—Hijo, yo puedo explicarte.
Lo miré de arriba abajo.
—No soy tu hijo. Soy el panadero que estuvo pagando tu ausencia mientras tú cobrabas mi herencia.
Memo no levantó la vista.
Susana lloraba de verdad esta vez.
Mi padre sacó un papel.
—Tu madre me pidió que me fuera.
—Mi madre está muerta. Ya no puede defenderse de tus mentiras.
Él intentó tocarme.
Doña Juana le apartó la mano.
—Con cuidado, señor. A este muchacho ya no se le toca la herida para ver si todavía sangra.
El abogado puso la demanda sobre la mesa.
—Restitución, fraude, falsedad y abandono patrimonial. Además, se solicitará investigación por simulación de muerte para evadir obligaciones familiares.
Mi padre palideció.
—Eso me va a destruir.
Lo miré con calma.
—No. Usted ya estaba destruido. Esto solo lo va a hacer público.
Entonces sucedió la última cosa que no esperaba.
Memo se quebró.
—Él nos obligó —dijo, señalando a mi padre—. Apareció cuando mamá murió. Dijo que si no firmábamos, iba a reclamar todo y nos iba a dejar en la calle. Nosotros éramos jóvenes.
—Tú tenías treinta años —dije.
—Y tú once —susurró Susana.
Por primera vez, mi hermana me miró como si entendiera.
No la perdoné.
Pero vi el miedo viejo detrás de su ambición.
Mi padre intentó salir.
Afuera lo esperaban dos agentes.
No lo esposaron con escándalo.
Solo le pidieron acompañarlos.
El hombre que fingió su muerte para no criarme salió de mi panadería mirando al piso, mientras los clientes comían conchas y café como testigos de una justicia doméstica, lenta, pero caliente.
Memo quiso seguirlo.
Lo detuve.
—Tú te quedas.
—¿Para qué?
Le señalé el horno.
—Para aprender cuánto pesa un costal de harina.
Desde entonces, cada mes, como parte del acuerdo de reparación, Memo trabaja tres madrugadas en la panadería. No toca el dinero. No manda. No presume. Barre, carga, amasa y suda.
La primera vez que sacó bolillos quemados, doña Juana le dijo:
—Mire nomás. La sangre también se pasa de cocción.
Susana paga su deuda trabajando los sábados en el comedor, sirviendo comida a señoras que antes habría ignorado. Sus hijos comen ahí conmigo los domingos. No les hablo mal de su madre. La vida se encargará de enseñarles lo que ella aprenda o no.
Y mi padre sigue enfrentando procesos.
A veces manda cartas.
No las leo.
Las uso para prender el horno.
Hoy, cuando cierro “Los Mil Doscientos”, me siento en la mesa donde puse aquel rollito de billetes.
Doña Juana cuenta la caja.
Yo guardo el pan que sobró para donarlo a un albergue.
Afuera, la colonia San Rafael huele a lluvia, gasolina y bolillo recién hecho. La ciudad sigue dura, cara, hambrienta. Pero mi mesa ya no está llena de gente que se sienta por apellido.
Está llena de gente que se ganó la silla.
Y cuando alguien me pregunta qué hice con los cuarenta millones, siempre respondo lo mismo:
—Compré hornos, casas, seguros, abogados y paz.
Pero la verdad completa está enmarcada junto a la caja.
Mil doscientos pesos arrugados.
El único préstamo que nunca tuve que devolver.
Porque doña Juana no me dio dinero.
Me dio familia.
Y a mi familia de sangre, por fin, le cobré la cuenta.

