La vecina no dijo nada

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La vecina no dijo nada.

Eso fue peor.

Porque en aquel instante comprendí algo que mi mente se negaba a aceptar.

No estaba viendo miedo en sus ojos.

Estaba viendo reconocimiento.

Como si aquella mujer hubiera visto un fantasma demasiadas veces para seguir llamándolo fantasma.

Me quedé inmóvil frente a la reja oxidada.

—¿Cuándo la vio por última vez? —pregunté.

La vecina tragó saliva.

—Hace como tres semanas.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Está segura?

—Claro que sí.

—¿Y era ella?

La mujer dudó.

—No puedo jurarlo… pero era igualita a Mariana.

Mi respiración se volvió pesada.

No.

Era imposible.

Yo había enterrado a mi esposa.

Había llorado sobre su tumba.

Había pasado noches enteras hablando con una fotografía porque no podía aceptar que se hubiera ido.

No podía estar viva.

Simplemente no podía.

—¿Tiene alguna foto? —pregunté.

La vecina negó.

—Nunca me atreví a tomarle una.

Miré la casa amarilla.

Las ventanas estaban cerradas.

Las cortinas inmóviles.

Parecía una casa abandonada.

Y sin embargo alguien seguía entrando.

Alguien tenía llaves.

Alguien cobraba el dinero.

Alguien fingía ser Doña Teresa.

Me acerqué a la puerta.

La cerradura era vieja.

Empujé.

Nada.

Volví a empujar.

Seguía cerrada.

—Después de que murió Teresa, nadie volvió a vivir ahí —dijo la vecina—. Pero la mujer sigue viniendo.

—¿Siempre sola?

La mujer tardó unos segundos en responder.

—No.

La miré.

—A veces viene un hombre.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué hombre?

—No sé.

—¿Viejo?

—No.

—¿Joven?

—Como de cuarenta años.

La edad de Mariana.

La mía.

Mi cabeza comenzó a llenarse de preguntas.

Demasiadas.

Ninguna respuesta.

De pronto recordé algo.

La cuenta bancaria.

Todos los depósitos.

Si Doña Teresa había muerto hacía cuatro años, alguien llevaba cuarenta y ocho meses cobrando aquel dinero.

Doscientos ochenta y ocho mil pesos.

Casi trescientos mil.

No era un error.

Era un plan.

Y alguien lo había ejecutado durante años.

—¿Dónde está el panteón? —pregunté.

La vecina señaló una colina a lo lejos.

—A diez minutos de aquí.

Subí al coche.

El cielo ya estaba oscuro.

Las primeras luces del pueblo comenzaban a encenderse.

Mientras manejaba sentía una presión insoportable en el pecho.

La tumba de Doña Teresa era real.

Tenía que ser real.

Necesitaba verla.

Necesitaba tocarla.

Necesitaba comprobar que al menos una parte de aquella historia era cierta.

Llegué al cementerio cuando ya casi no quedaba luz.

El cuidador estaba cerrando el portón.

Le mostré una fotografía de Mariana junto a su madre.

—Busco la tumba de Teresa Aguilar.

El anciano observó la imagen.

Luego asintió.

—Fila siete.

Lado izquierdo.

La encontré rápido.

La lápida era sencilla.

TERESA AGUILAR.

1948 – 2022.

Mi cuerpo se estremeció.

La vecina tenía razón.

Había muerto cuatro años después de Mariana.

O eso decía la fecha.

Me arrodillé.

Pasé la mano por la piedra.

Entonces vi algo extraño.

Había flores frescas.

No muchas.

Pero frescas.

Alguien había estado allí recientemente.

Me puse de pie.

Miré alrededor.

El cementerio estaba vacío.

Sin embargo una sensación horrible comenzó a crecer dentro de mí.

No estaba solo.

Giré lentamente.

Y vi una silueta entre los mausoleos.

Una mujer.

A lo lejos.

Observándome.

El corazón me dio un salto.

—¡Oiga!

La figura se movió.

Retrocedió.

Y desapareció detrás de unas tumbas.

Corrí.

Lo más rápido que pude.

Llegué jadeando.

No había nadie.

Ni un alma.

Sólo una pequeña cruz de madera clavada en el suelo.

Y algo más.

Una flor blanca.

La recogí.

Todavía estaba húmeda.

Alguien acababa de dejarla.

Miré en todas direcciones.

Nada.

La mujer se había esfumado.

Regresé al coche temblando.

No sabía qué pensar.

Tal vez estaba perdiendo la razón.

Tal vez el dolor de cinco años finalmente me estaba rompiendo.

O tal vez alguien no quería que descubriera la verdad.

Esa noche me hospedé en un hotel barato cerca del puerto.

Intenté dormir.

No pude.

A las dos de la mañana revisé nuevamente los mensajes de Doña Teresa.

Por primera vez los observé con atención.

Todos eran cortos.

Todos parecían escritos por la misma persona.

Y entonces encontré algo.

Un detalle mínimo.

En uno de los mensajes decía:

“Cuídate mucho, hijo. Te mando un abrazo.”

La palabra “abrazo” tenía un emoji.

Un corazón azul.

Mi garganta se cerró.

Mariana usaba siempre corazones azules.

Siempre.

Decía que los rojos eran demasiado comunes.

Sentí un escalofrío.

Busqué conversaciones antiguas.

Ahí estaba.

Cientos de veces.

Corazones azules.

El mismo estilo.

La misma forma de escribir.

Me quedé mirando la pantalla durante minutos.

No quería creerlo.

Pero la idea ya estaba dentro de mi cabeza.

¿Y si Mariana había escrito aquellos mensajes?

A las tres de la madrugada sonó mi teléfono.

Un número desconocido.

Contesté de inmediato.

—¿Bueno?

Silencio.

—¿Quién habla?

Nada.

Sólo respiración.

Una respiración suave.

Temblorosa.

—¿Quién es?

Entonces escuché algo.

Una voz de mujer.

Muy baja.

Tan baja que apenas parecía real.

—Ricardo…

Sentí que la sangre abandonaba mi cuerpo.

Conocía esa voz.

La habría reconocido entre miles.

—Mariana…

La llamada se cortó.

Me quedé congelado.

Observando el teléfono.

Esperando que volviera a sonar.

No ocurrió.

Marqué inmediatamente.

Número inexistente.

Las manos me temblaban.

No.

No.

No podía ser.

Pero había escuchado su voz.

La había escuchado.

Pasé el resto de la noche sentado junto a la ventana.

Sin dormir.

Sin moverme.

Esperando.

Al amanecer tomé café y fui directo al banco donde se cobraban los depósitos.

Después de insistir durante horas logré hablar con un gerente.

Le expliqué la situación.

Mostré documentos.

Acta de defunción.

Comprobantes.

Todo.

El hombre revisó el sistema.

Luego levantó la vista.

—La cuenta sigue activa.

—Lo sé.

—Y alguien retira el dinero personalmente.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Quién?

—No puedo decirle.

—Por favor.

El gerente dudó.

Miró alrededor.

Y bajó la voz.

—No debería mostrarle esto.

Giró el monitor.

Había una fotografía de seguridad.

La imagen era borrosa.

Pero suficiente.

Mis piernas dejaron de responder.

Porque la mujer que aparecía retirando el dinero tenía el mismo cabello.

Los mismos ojos.

La misma sonrisa.

El mismo rostro que había besado durante diez años.

Mariana.

Mi esposa.

La mujer que supuestamente había muerto hacía cinco años.

Retrocedí un paso.

—Eso es imposible…

El gerente frunció el ceño.

—¿La conoce?

No pude responder.

Porque en ese instante vi otro detalle.

Un hombre estaba junto a ella.

Le tomaba la cintura.

Como una pareja.

Como alguien que tenía derecho a tocarla.

Y Mariana estaba sonriendo.

Sonriendo igual que cuando era feliz.

Sentí algo romperse dentro de mí.

Cinco años de duelo.

Cinco años de lágrimas.

Cinco años de culpa.

Mientras ella seguía viva.

Respirando.

Caminando.

Y cobrando mi dinero.

Me quedé mirando la fotografía.

Incapaz de apartar los ojos.

Entonces el gerente amplió la imagen.

Y apareció algo que terminó de destruir todo lo que creía saber.

Porque el hombre que abrazaba a Mariana no era un desconocido.

Era alguien a quien conocía perfectamente.

Alguien que había estado a mi lado durante el funeral.

Alguien que me había consolado cuando enterré a mi esposa.

Mi mejor amigo.

Javier.

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