Sofía fue la primera en cerrar la puerta de la oficina, como si ese gesto pudiera impedir que la verdad saliera corriendo a la calle. Su perfume caro, mezclado con el olor a café quemado de la notaría, me revolvió el estómago. Javier seguía sentado, con los papeles sobre las rodillas, respirando como un hombre que acababa de descubrir que el piso donde presumía caminar nunca le perteneció.
—Mamá, no hagas esto —dijo Sofía, pero ya no sonaba como hija. Sonaba como..
No abrí la trampilla de inmediato.
Me quedé mirando a Mateo con la cadena todavía puesta, sintiendo que el golpe..
Tomé aquel pasaporte falso con la mano helada y sentí que el mundo se me apagaba por dentro.
No lloré. Había llorado demasiado por Javier desde niño: cuando le dio sarampión, cuando..
Mi hermano Ramón tenía la oficina en un edificio viejo de la calle de Uruguay, a unas cuadras del Zócalo, donde los campanarios todavía parecen discutir con los claxons. Llegué con la caja de papeles apretada contra el pecho. Afuera, un vendedor gritaba tamales de verde y una señora barría pétalos de cempasúchil que alguien había dejado antes de tiempo, como si la ciudad ya supiera que esa mañana iban a despertar muertos viejos.
Ramón abrió sin preguntar. Tenía más canas que la última vez que lo vi,..
Sofía bajó la mirada, y por primera vez en muchos años vi en ella no a mi hija adulta, sino a la niña que escondía los dulces debajo de la almohada cuando yo la castigaba sin postre.
—Mamá, yo no sabía que Javier había tocado tu cuenta —susurró. Mentía a medias...
Contesté la llamada con los dedos helados.
—Elena, no abras otra vez esa puerta —dijo una voz ronca, quebrada por los..
No respondí de inmediato.
Miré a Javier, luego a Sofía, y finalmente al hombre de la cicatriz que..
Dormí poco esa noche.
En realidad, no sé si a eso se le puede llamar dormir. Cerraba los..
No lo confronté.
Una mujer viva puede pelear por su verdad; una mujer muerta solo se vuelve..
No firmé.
Tomé la pluma que Sofía me ofrecía y la dejé sobre la carpeta, despacio,..
